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La maravilla que no llega al bolsillo


El 8 de septiembre pasado, Bloomberg Línea publicó un trabajo firmado por Daniel Salazar Castellanos, titulado “Los países en donde el salario promedio está más cerca de brindar felicidad, según informe”, que daba cuenta de un estudio de Remitly (plataforma digital para enviar dinero entre países), elaborado a partir de datos de Purdue University. Allí, República Dominicana aparecía en el puesto 47 de 50 países por la distancia entre el salario promedio y el ingreso considerado suficiente para una vida digna. El dato no debería merecer indiferencia oficial, ni de la sociedad dominicana.

El informe de Remitly no mide si los pueblos son alegres, sino algo más incómodo: la distancia entre lo que gana el trabajador promedio y lo que costaría, en su propio país, alcanzar una vida considerada suficiente. A ese umbral los investigadores lo denominan el “precio de la felicidad”.

República Dominicana aparece en el puesto 47 de 50. El salario promedio anual, unos 6,100 dólares, cubre apenas el 34.0% del umbral local, estimado en 17,900 dólares. Detrás de nuestro país quedan solamente Paraguay y Ecuador. Por delante aparecen Bolivia, Argentina, Colombia, Uruguay y Chile.

El gobierno presenta una República Dominicana de crecimiento sostenido, turismo récord y una de las economías más dinámicas de América Latina y el Caribe. En los agregados macroeconómicos, eso puede ser cierto. Pero este informe no mide el PIB: mide el bolsillo. Y lo que muestra es que el crecimiento no se ha traducido para el trabajador promedio en poder adquisitivo suficiente. Ser una “maravilla” promedio no maravilla a quien vive de su salario.

Tres mecanismos ayudan a explicar la brecha. Primero, lo que la economista Diana Becerra, citada en el propio informe, denomina el impuesto implícito de los servicios públicos fallidos: cuando el Estado no provee electricidad estable, seguridad, salud de calidad, transporte de calidad, etc., el trabajador debe financiar esos servicios con su ingreso neto. El dominicano termina pagando dos veces por lo mismo. Segundo, la informalidad y la baja productividad: el promedio puede resultar engañoso cuando amplios segmentos generan empleos de baja remuneración y productividad. Tercero, un costo de vida presionado por una economía abierta al turismo y a los no residentes, mientras los salarios siguen correspondiendo a una economía de ingresos medios. Esa combinación —costos crecientes y salarios rezagados— castiga el bienestar.

El informe destaca que Eslovenia, país miembro de la Unión Europea, es el único donde el salario promedio supera el llamado precio de la felicidad, y sugiere una razón: allí los indicadores de bienestar, incluida la felicidad, forman parte de la toma de decisiones públicas. Es decir, mide su éxito también por cómo vive su gente. En República Dominicana predomina otra medición: crecimiento, reservas, riesgo país, inversión o llegadas de turistas. Menos espacio ocupa el ingreso disponible de los trabajadores.

Conviene precisar algo: el puesto 47 no refuta que el país crezca. Refuta la idea de que el crecimiento, por sí solo, cuente toda la historia. Una brecha de 66 puntos frente al umbral expresa cuánto queda por hacer en salarios reales, productividad, formalidad, calidad de los servicios públicos y costo de vida. Es una agenda de políticas públicas que debe ser asumida con toda seriedad, no una sentencia contra el país.

El problema surge cuando el relato de la maravilla desplaza al diagnóstico. Cuando el discurso oficial convierte cada ranking favorable en propaganda y cada resultado desfavorable en una descalificación, se pierde la principal utilidad de estos indicadores: servir de brújula. Una economía no debe evaluarse únicamente por cuánto crece, sino también por cuánto de ese crecimiento llega efectivamente a los hogares. El verdadero desafío dominicano no es solamente crecer más. Es lograr que crecer signifique, finalmente, vivir mejor.

Retrato

Juan Temístocles Montás

La felicidad, dicen los economistas de Purdue, se satura: llega un punto en que ganar más no agrega bienestar. República Dominicana tiene el problema opuesto y más serio: todavía no hemos llegado al punto de partida. Que el salario promedio compre solo un tercio de una vida suficiente no es un ataque a la patria. Es la patria pidiendo, con la voz fría de las estadísticas, que la maravilla se reparta.



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