La declaración de intenciones suscrita por Estados Unidos y 14 países de América Latina y el Caribe, en el marco de la iniciativa Escudo de las Américas, define con bastante claridad el rumbo que Washington procura imprimir a sus relaciones con nuestra región. La declaración tiene un texto y un contexto. En el texto se acuerdan acciones para proteger las cadenas de suministro de minerales críticos, promover proveedores confiables para la infraestructura digital y procurar que el capital que ingrese a los países sea transparente y verificable. En el contexto está la competencia económica y geopolítica entre dos grandes potencias. El fantasma de China aparece entre líneas sin necesidad de nombrarla.
Como signataria de la declaración, República Dominicana marca su posición en la disputa global, y no vale la pena escudriñar si lo hace por visión u obligación, porque el resultado es el mismo. La geografía limita nuestros movimientos y la historia estrecha nuestras opciones, pero la decisión no carece de relevancia. Estados Unidos es y seguirá siendo el árbol al que tendremos que arrimarnos para disfrutar de alguna sombra, mientras China es un socio comercial importante, una fuente potencial de inversión y un proveedor de tecnología cuya puerta tampoco conviene cerrar. No estamos libres de un dilema.
La declaración no establece qué compromisos concretos asumen los países firmantes ni qué dan o qué reciben a cambio. La iniciativa tampoco se vincula con los temas comerciales más sensibles, como los aranceles que enfrentan nuestras exportaciones, las asignaciones de la cuota azucarera o cualquier otra facilidad de acceso al mercado estadounidense. En diplomacia, sin embargo, no todo lo acordado queda escrito. Ojalá que nos vaya bonito; ojalá que ese amor no nos duela.
