“¡No te asustes, hombre! ¿Qué te pasa? Vamos, quietecito. Es que están matando a Judas, tonto. Sí. Están matando a Judas”, Juan Ramón Jiménez.
Recuerdo, en mi niñez, la vieja costumbre de quemar a Judas, a las doce de la noche del Domingo de Resurrección.
Las jóvenes de entonces, entre las que estaban mis hermanas Miledys, Aidé, Dérmina y nuestras vecinas Chea, Yolanda, Nicia, Ramona Concepción, catequista de La Ceiba, y otras que ahora no recuerdo, pasaban varios días fabricando un muñeco de tamaño humano adulto.
Lo vestían con un traje estrafalario y le ponían sombrero de alas anchas, y unas barbas que preparaban con cola de caballo.
El espectáculo comenzaba cuando el Ingenio Ozama pitaba las 12 de la noche y el sonido interrumpía el sagrado umbral de las ondas sonoras, que reinaba en los campos de entonces, cuando todavía no se había erigido el imperio infernal de la musicalidad de hoy.
Al pobre Judas lo colgaban de un mango centenario, en el patio de la Iglesia, y la gente descargaba sobre él toda su ira, lo escupía, les daba palos, lo abochornaba, le tiraba agua y cascaras de naranja.
Siendo aún tan niño tuve la osadía de cuestionar esa tradición, por considerarla bárbara y contraria al principio cristiano del perdón, pero fue reprendido al instante por uno de los religiosos de mi comunidad.
Después de mucho escarnio contra la figura inanimada, procedían a incendiarlo, en un promontorio de leñas, que los muchachos juntaban con mucho entusiasmo. Y allí se armaba la algarabía, fruto del regocijo.
Entonces, yo sentía pena por el pobre Judas, porque – ya con mi sentido infantil de justicia despierto- yo pensaba que tal vez el hombre haya sido inocente, víctima de alguna trama malévola.
Leyendo de nuevo la magistral obra “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez, me encuentro con un episodio en que el narrador llega al pueblo de Moguer y se encuentra que están matando al Judas un sábado Santo, y esto me hace reflexionar lo vieja que es la mala costumbre de acusar de Judas a todo aquel que no comulga con nuestras ideas.
Los dominicanos adoptamos esa costumbre, reflejo de intolerancia y también escudo de la maledicencia y excusa para dar rienda suelta a los instintos primitivos.
Juan Ramón Jiménez lo describe crudamente:
“Tenían puesto uno en el Monturrio, otro en la calle de Enmedio; otro ahí, en el Pozo del Concejo. Yo los vi anoche, fijos como por una fuerza sobrenatural en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de doblado a balcón, los sostenía. ¡Qué grotescas mezcolanzas de viejos sombreros de copa y mangas de mujer, de caretas de ministros y miriñaques, bajo las estrellas serenas! Los perros les ladraban sin irse del todo, y los caballos, recelosos, no querían pasar bajo ellos…”
“Ahora las campanas dicen, Platero, que el velo del altar mayor se ha roto. No creo que haya quedado escopeta en el pueblo sin disparar a Judas. Hasta aquí llega el olor de la pólvora. ¡Otro tiro! ¡Otro!”
“…Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o la maestra, o el forense, o el recaudador, o el alcalde, o la comadrona; y cada hombre descarga su escopeta cobarde, hecho niño esta mañana del Sábado Santo, contra el que tiene su odio, en una superposición de vagos y absurdos simulacros primaverales”.
Juan Ramón presenta una crítica sobre la crueldad humana, descubriendo los instintos primitivos, desatados en una figura de paja, sobre la que descargan todos sus prejuicios y los males que la misma humanidad ha engendrado.
El autor ve con repugnancia el goce que provoca en el pueblo el castigo contra la supuesta obra de traición del Judas. En la acción el pueblo se libera de sus propias culpas, de sus propios pecados, pero la satisfacción será momentánea.
La narración plasma una condición humana muy peligrosa: la de actuar en turba contra un supuesto culpable. Se me parece a la bárbara tradición de apalear a un individuo que va corriendo y es atrapado después que alguien ha gritado: “¡Un ladrón, un ladrón !”…
