(En 1928, las feministas dominicanas advirtieron, en La Habana y en los periódicos Listín Diario y Diario Macorís, que las mujeres terminarían el siglo luchando aún por sus derechos legales. Tenían razón. En 2026, el Estado dominicano firmó el Consenso de Ginebra).
Hay una frase que Jane Norman Smith pronunció en La Habana en 1928 que Petronila Angélica Gómez Brea se encargó de reproducir en la revista Fémina: «De manera que la mujer se encontraría al final de este siglo luchando aún por sus derechos legales en todos los países». Era una advertencia, no una profecía resignada. Era la radiografía de mujeres que habían estudiado los tratados internacionales, que habían viajado, que habían hablado ante delegados de 21 naciones y que sabían exactamente contra qué peleaban.
La feminista estadounidense Jane Norman Smith participaba en la VI Conferencia de La Habana, era parte de las activistas unidas en la Comisión Interamericana de Mujeres, quienes desplegaban acciones en todo el hemisferio para ser reconocidas como ciudadanas. La única dominicana que participó, y reportó tanto para la revista Fémina como para los periódicos Listín Diario y Diario Macorís, fue Plinta Moss y Ricart.
Casi 100 años después, la semana pasada, la República Dominicana se adhiere al Consenso de Ginebra. El acto ocurrió en Santo Domingo, cinco días después de que organizaciones feministas, sociales y de derechos humanos pidieran públicamente que no se firmara.
Norman Smith tenía razón al visualizar esta tarea constante de defender los derechos de las mujeres. Solo se equivocó en el siglo…
Las participantes en la VI Conferencia de La Habana no pedían favores. Pedían soberanía. La distinción la hizo la feminista puertorriqueña Muna Lee de Muñoz Marín con una precisión que la mesa editorial de Fémina recogió sin editar, como visionarias para que resuene en estos días: «Se nos ha concedido todos los favores posibles, pero no se nos ha dado la soberanía».
Plinta Moss y Ricart, la representante dominicana, volvió al país con las manos vacías en términos legales, pues cuatro años después, en 1932, ya con una dictadura en ciernes, todavía escribía sobre la imposibilidad de ser «mujeres libres ante la ley»; pero con algo que sus sucesoras parecen haber perdido: claridad sobre el adversario. Las feministas de 1928 sabían que los Estados no les concedían derechos por convicción. Los arrancaban mediante presión organizada, documentación rigurosa y presencia en los foros donde los hombres tomaban decisiones.
Gómez Brea, ya lo hemos escrito, no dirigía una revista de opinión de lo sublime. Fémina era una operación política. Cubría conferencias internacionales, reproducía discursos completos, como los de Jane Norman Smith participaba en la VI Conferencia de La Habana; circulaba formularios de petición, nombraba representantes nacionales ante comités panamericanos. Aquel 1928, cuando la prensa local tituló «Por primera vez en la historia de los congresos internacionales las mujeres hacen oír su voz», Fémina lo reprodujo como revista de prensa y lo contextualizó. No celebraba el gesto: documentaba para hoy.
Ciertamente, el Consenso de Ginebra no crea obligaciones jurídicas vinculantes. Pero ocurre justo cuando el Tribunal Constitucional dominicano conoce acciones vinculadas al nuevo Código Penal, que penaliza las tres causales que organizaciones médicas, jurídicas y feministas han reclamado durante años.
Durante la firma se precisó que en los principios del pacto están consagrados en la Constitución dominicana actual, entre ellos «la igualdad de la mujer ante la ley». Pero, al igual que las mujeres de Fémina el movimiento de mujeres organizado reconoció esa retórica de inmediato… Y es que hace casi un siglo también les hablaban de igualdad mientras les negaban el voto, la capacidad civil y el derecho a comparecer ante la ley sin la autorización de un hombre.
Para entonces, Gómez Brea y sus contemporáneas entendían que los derechos de las mujeres no se pierden de golpe. Se erosionan por acumulación de gestos diplomáticos, de declaraciones sin fuerza vinculante que luego se vuelven marco político, de leyes que modernizan sin igualar: «Han tratado de modernizar las leyes, pero sin proporcionar igualdad completa», denunció Norman Smith ante los delegados reunidos en La Habana, en 1828.
Cien años después, el nombrado consenso reiteró que algunos Estados siguen operando con la misma lógica que aquellas mujeres combatieron: conceder el lenguaje de la protección para administrar la exclusión. Y que la pregunta de Muna Lee sigue sin respuesta definitiva: «¿Cuándo dejan los favores de ser favores y se convierten en derechos?».
