La política es una carrera de disciplina, consistencia, resistencia y continuidad para alcanzar propósitos, metas, sueños y objetivos. La vocación, ambición y la necesidad de servir, forman parte de la columna vertebral en la política. Sin embargo, para llegar y sostenerse en la dura carrera política, la personalidad, los rasgos, temperamentos y carácter, marcan la diferencia entre los que eligen ser político, los que llegan al poder, los que se mantienen como modelos dignos de imitar o como referentes positivos que marcan un proceso, construyen una historia o trascienden en la vida política, diferenciándose de los que terminan invisibilizados y olvidados.
Diríamos que son muy pocos los que logran la transcendencia, la admiración y la referencia producto del alto desempeño en la toma de decisiones políticas que, sirvieron por décadas y que suelen perdurar en el tiempo como modelo de referencia histórico-social o como proyecto de nación.
El político cortoplacista, de visión corta y de memoria inmediata se preocupa por el “aquí y el ahora” en obtener resultados y admiraciones para ganar elecciones, obtener un peldaño o lograr un propósito personal o grupal.
Vista la política como una competencia de alto rendimiento, entonces, son muchos los que quedan excluidos, eliminados y fuera de la competitividad, producto de varios indicadores: mala comunicación, falta de empatía, desconexión con el entorno, no genera confianza, falta de credibilidad, no sintoniza con las demandas sociales, o no tiene “ángel”, no fluye, o le falta carisma y olfato político.
En política los errores cuestan, las lecturas tardías y la falta de carácter en arriesgarse y tomar decisiones marcan la diferencia entre el político con servador y miedoso del pragmático y ambicioso en exponerse para generar críticas y administrar resultados.
Al fin y al cabo, todo político tiene un fin y un propósito: llegar al poder, y para lograrlo hay que sufrir, aguantar, resistir y construir resiliencia política.
Un político resiliente, desarrolla la capacidad y la fortaleza emocional para enfrentar crisis, traiciones, conflictos, deslealtad y pérdidas. En resiliencia política hay que tener adaptación psicosocial y emocional para aprender a lidiar procesos, frustraciones o pérdidas electorales y continua adelante. Es decir, en la vida lo significativo es aprender a levantarse debido a que se conoce, sabe de su fortaleza y de su autoconfianza, pero el que nunca se ha caído o no ha tenido pérdidas, no se conoce, no sabe qué hacer con sus debilidades, vulnerabilidades y sus riesgos políticos social.
El político resiliente sabe gerenciar la crítica, el control emocional, las consecuencias, valora los riesgos y el impacto en la toma de decisiones; pero, sobre todo, posee flexibilidad cognitiva, adaptarse a los tiempos con los temas, los cambios de la sociedad y el contexto económico e histórico-social.
Uno de los mayores indicadores de resiliencia política es la metacognición, donde el político reconoce errores, se analiza, se evalúa, adapta los cambios y mejora su comportamiento y conducta política.
La resiliencia no llega por suerte, ni lo dirige el neuromarketing político; es un proceso emocional, psicológico, social y espiritual, donde se aprende de cada proceso vivido, se resiste, se persiste y se insiste a pesar de las circunstancias adversas, de la anemia electoral y de la crítica mediática.
El resiliente político aprende a conocerse, no le teme a los reveses de la política, ni a las pérdidas; simplemente es un resultado de su propia adaptación social.

