En la Sala Ravelo del Teatro Nacional, la productora Dunia de Windt, llevó a escena la obra “Brito”, del dramaturgo, actor y director teatral Reynaldo Disla, basada en la vida de nuestro gran cantante Eduardo Brito, bajo la dirección de Manuel Chapuseaux.
La pieza teatral es una narrativa real, no hay suspense, pero si momentos entrañables que se suceden dando un orden temporal exacto a los hechos en un presente continuo… el curso de la vida de Eduardo Brito; el inicio es el final, conocido de todos. El director con inteligencia y creatividad, ha sabido extraer -lo mejor posible- la teatralidad del texto.
Con una escena aterradora, Brito enclaustrado a punto de morir, inicia la obra; el actor Héctor Aníbal Estrella en la piel del personaje, de forma realista, muestra el dolor, miedo y su desesperación a través de sus gestos y sus alaridos lastimeros.
Todo cambia, nos trasladamos a un ambiente bucólico, en Cerro de Nava, Puerto Plata, cuna del cantante. Luego a Santiago, donde transcurre su infancia entre callejones, como limpiabotas, boxeador y muchas cosas más.
El mayor logro del director es la escogencia de los actores cuyos personajes, algunos intrascendentes, están bien perfilados. De esta época destaca su madre, interpretada por la actriz Lidia Ariza, quien además es la tía y una monja.
Las excelentes actuaciones de Ariza, adicionan además un elemento característico más acentuado en aquella época, la forma de hablar con las alteraciones fonéticas propias de la zona del Cibao, donde la vocal i predomina.
Otros personajes, los compositores Piro Valerio, interpretado por Ernesto Báez y Pancho García, por Augusto Feria, son parte importante de su vida, sus composiciones, fueron de sus primeras grabaciones y permanecen como parte de su legado. Roles secundarios como La Francesita, Kiky y Manguita, interpretados por Michelle Cruz, aportan dosis de humor a la escena.
El espacio escenográfico creado por Liliana Soto, nos conecta con cada etapa de la vida de Brito a través de paneles cambiantes con fechas específicas; el movimiento escénico se convierte en una coreografía, en la que participan además “Actores y actrices escénicos”: Yen Guerrero y Julián Suazo y Erika Martínez y Nathalie Santos.
Su llegada a Santo Domingo -1927- junto a su esposa Rosa Elena Bobadilla, interpretada por la excelente actriz Elvira Taveras, marca el inicio de su carrera profesional. Un instante íntimo, tierno, es aquel en que su esposa se ocupa de enseñarlo a leer.
Un gran momento, su viaje a New York, donde en poco tiempo se convierte en un cantante lírico, en un barítono, y sus grabaciones con las empresas discográficas RCA Víctor y Columbia, lo dieron a conocer a nivel internacional. Allí conoce a un personaje, al que lo une su pasión juvenil por el boxeo, es el boxeador Kid Chocolate, interpretado por Orestes Amador, con una gran carga de histrionismo.
Giran los paneles, año 1932, Brito junto a su esposa llegan a España, un triunfo sucedió al otro, en diferentes ciudades del país, se convierte en el barítono preferido de la zarzuela. Mientras la sala se inunda de su voz, escuchamos parte de la famosa romanza de “Los Gavilanes”, y luego, en un paralelismo, podemos apreciar la hermosa voz del actor Héctor Aníbal Estrella, quien se interna en el espíritu del cantante, no podemos evitar ver en él al mismísimo Eduardo Brito.
El contexto histórico siempre determinante -la guerra española- obliga a Brito a salir de España, pero le abre nuestras fronteras, con presentaciones en Francia, Bruselas, Praga, luego regresa a las Américas, ya como un cantante consolidado. Disfrutamos de sus momentos y éxitos en Colombia, Cuba, Venezuela, regresa a New York, pero la vida, el destino adverso, lleva a Brito a su declive. Regresa a su país en 1944.
Abatido por la enfermedad -sífilis cerebral- Brito es llevado al manicomio de Nigua, volvemos a la primera escena, pero esta vez hay en el entorno un nuevo personaje un tanto burlesco, es Bartolo, el borracho, interpretado magistralmente por Augusto Feria.
Brito se despide –5 de enero de 1946– pero no está solo, lo rodean todos aquellos personajes que fueron parte de su vida, es una especie de metáfora, Brito vivirá por siempre, es parte de nuestro acervo cultural. Tras la emoción, el público, aplaude calurosamente.
La batuta invisible de Chapuseaux ha marcado un ritmo sostenido a la acción, convirtiéndola en una sinfonía escénica; es un director de actores, con maestría guía el elenco, y logra transformar el texto en una vivencia coherente y conmovedora. Felicitaciones, les invitamos a disfrutar de “Brito”.

