Sería un funesto error subestimar el surgimiento del liderazgo político de nuevo cuño del exitoso empresario digital y popular influencer, Santiago Matías, pese a que vivimos en un inconstitucional apagón de encuestas políticas y es complicado predecir como puede traducirse en votos electorales la simpatía de las cámaras de eco digital del aspirante presidencial.
Y es que el creciente desencanto de muchos ciudadanos con los liderazgos y partidos tradicionales, sumado al ascenso global de una nueva derecha neopopulista, trumpista y ultranacionalista, con sus redes mundiales de granjas de bots; la popularización de un desenfadado estilo y retórica política à la Trump/Milei; y el hecho de que, como bien ha señalado el historiador Julián Casanova, “Goebbels necesitaba ocupar países para introducir propaganda”, en tanto que Elon Musk apenas “necesita tres minutos”; nos obliga a ser precavidos.
La indiferencia y desprecio de nuestras élites frente a este fenómeno es sumamente peligrosa, pues, cuando sea indetenible, podrá pasarse fácilmente del odio al amor un día, pudiendo más el interés que el odio que se tenía. Llegado ese día, solo nos quedará escribir un libro como Los responsables, de Víctor Medina Benet, señalando a los culpables en nuestras clases dirigentes del fracaso de la Tercera República y el entronizamiento de Trujillo, pues la historia demuestra que, al final, muchas elites reacias terminan plegándose gustosamente a estos liderazgos disruptivos.
Guardando las debidas distancias, cuando Hitler se asoma a la política, era considerado por las élites y la prensa, un simple payaso, “dandi” de “pelo engominado, maneras extravagantes y labia incontenible”, “histérico” poseído por un “ego demencial”, con una “voz gutural y estridente” y un “bigote de cepillo” que “se llenaba de saliva”. Y casi todos los intelectuales, nos recuerda Stefan Zweig, al leer Mi lucha, de Hitler, “en vez de analizar el programa que contenía, se burlaban de la ampulosidad de su prosa pedestre y aburrida”.
Sin embargo, como dice Johann Chapoutot, autor de la obra Los irresponsables, hubo muchos industriales y banqueros, “hombres de orden que pensaron que podían servirse de Hitler. Y se equivocaron”. Lo minusvaloraron por simple “desprecio de clase”, por considerarlo “un don nadie: un austríaco con un acento espantoso del sur, sin fortuna, sin títulos, sin grado militar, sin diplomas ni redes de influencia. Pensaban que ese paleto estaría a su servicio y que gobernaría en beneficio de sus intereses”. Esto explica por qué Franz von Papen, católico conservador y antiguo canciller, convenció al presidente Paul von Hindenburg de nombrar a Hitler, y Alfred Hugenberg, magnate de la prensa, le prestó todo su apoyo comunicacional.
Algo parecido pasó en Venezuela. Lo explica muy bien Carlos Raúl Hernández: las élites, con su discurso “honestista”, “anti político” y “adanista” y modelo de “demanda de resentimiento inducida”, contrario a las viejas clases dirigentes que impulsaron la transición democrática en 1958, presentaron como un fracaso el desarrollo venezolano y convencieron “a las clases medias de que vivían una sentina de corrupción”, aupando al poder el “mesianismo de la venganza colectiva” de Chávez quien, con su ira añejada en la cárcel, cual redivivo Conde de Montecristo y “halagado por instituciones que debían meterlo en cintura, triunfa ante partidos derruidos y recibe adulancia reptil de empresarios, gerentes de medios, intelectuales, políticos hasta que los pateó y devolvió a sus ratoneras”.

