Lo cierto es que no es fácil imaginarse el mundo de hoy con una Kamala Harris gobernando en Norteamérica.
Mientras tanto, tempranamente, desde el Norte parecen estar llegando torbellinos y tifones que habrá que aprender a pronosticarlos y a entenderlos y a torearlos. Si somos afortunados, con la vital ayuda de expertos que conozcan los nuevos lenguajes y simbologías político-atmosférica del mundo de hoy.
Lo que estamos viendo en Venezuela, Cuba, Colombia y otros lugares, no es para que descuidemos esas señales.
Localmente, el envío de una embajadora formada en organismos contra el narco, la subversión y demás truculencias, debe ser entendido como un mensaje especial e inequívoco.
Muchos dudan que la inteligente y amable representante de dicho país no tenga un gusto algo más refinado. Por lo cual, su exhibida relación con personajes que gran parte de los nativos considera agresivamente inmorales y obscenos, resulta ser un implícito mensaje dirigido especialmente a nuestros oligarcas y políticos tradicionales: “No garantizamos la “tradicional cercanía” con ustedes a menos que se pongan en línea con el titular y huésped del capitolio y del Pentágono”.
Mientras, en Europa, la expulsión masiva de chiitas y extraños que no respetan las normas locales parece indicar que Occidente está por jugar otro juego.
En esa dirección, el accionar del presidente estadounidense respecto de Irán, sus vecindades y colindancias, así como los conflictos entre Rusia y Ucrania y el de israelitas con manadas subversivas de diversos patrocinios, resultan altamente demostrativos de que ya el mundo definitivamente cambió.
Y cambió la ONU y otras agrupaciones de deteriorada eticidad, las cuales destruyeron las propias bases ideacionales de la antes mundialmente venerada institución. Habiendo tirado por el suelo valores que por siglos fueron la base de nuestras culturas, mayormente cristianas, de Occidente. Y así fueron dados de baja sus representantes de los altos estrados de esos importantes organismos multinacionales.
Todos debemos recordar los recientes Juegos Olímpicos de París (2024), donde una burla diabólica fue utilizada para expresar que los valores cristianos de Europa y América ya no tenían vigencia ni serían jamás respetados ni privada ni públicamente.
Ahora estamos viendo otro fenómeno: los muchachos del barrio son invitados por la embajada, por tanto, “son aprobados” con antelación por el poder estadounidense.
Pero que a nadie ocasione terror precipitadamente. Se trata del estilo de juego de don Donald. Pues, como hemos visto, él primero juega una carta que nadie entiende; es decir, juega al desconcierto inicial. Y luego la estrategia sigue: “O juegan mi juego o rompemos las barajas”.
En nuestro caso, se ha estado utilizando a los que siempre fueron apartados, marginados o subvaluados, o como se les pueda ahora llamar. Esos muchachos vienen con todo ímpetu y gusto a aplaudir sus candidatos prototipos, y surgirán varios aspirantes a la presidencia, al poder luminoso, con la ayuda de medios modernos, mientras, al parecer, otros jugadores locales aun no hayan entendido el juego.
Las masas van a jugar para ganar, a menos que los jugadores tradicionales jueguen con las nuevas reglas del Gran Señor y Mentor.

