Se ha establecido que la mayor transformación que ha tenido el mundo en las últimas cinco o seis décadas ha sido en el ámbito de la tecnología. Sin embargo, no pocos pensadores plantean que ha sido en las esferas de lo social y de las formas políticas, sin negar el papel de la tecnología en la ampliación y universalización de esos cambios. Hemos llegado a lo impensable e inexplicable, a tal punto que nadie se atreve a decir hacia dónde vamos, lo cual profundiza los temores que generan los tiempos convulsos: la llegada del fin del mundo y aferrarse a cualquier propuesta, por más absurda que parezca, como tabla de salvación.
En los planos de la política y social son identificables gérmenes supuestamente superados en el pasado, que rebrotan con imprevisible fuerza. Por ejemplo, al final de la segunda guerra mundial supuso el triunfo definitivo de la democracia como sistema político y subestimaron los grupúsculos de ideas nazis/fascistas. En Italia pocos creían que los grupúsculos, gérmenes del orden fascista derrotado en el 43, podían recuperarse. En ese país, hoy esos gérmenes se han convertido en poder. En la Francia, era casi de sentido común pensar que el grupúsculo de nostálgicos filonazis, encabezado por JM Le Pen y que en 1972 se convirtió en partido, era un episodio pasajero. Hoy, guiado por su hija Marine, es el mayor partido de ese país
El nazi/fascismo no había desaparecido, al igual que el pinochetismo en Chile, el militarismo asesino en Argentina, el franquismo en España, como aquí las expresiones del pensamiento trujillista, las cuales se manifiestan en grupúsculos e individuos de toda calaña. Se ha construido una internacional ultraderechista agresivamente activa, cohesionada y amplificada por las redes sociales, por la Internet, mediante la estrategia del miedo para construir un relato/propuesta basada en mitos. En el plano de lo social, los sectores populares se sumergen en la cotidianidad por la supervivencia y las capas medias en la burbuja del individualismo…
El mayo francés de finales de los 60- mediado de los 70 estuvo plagado de expresiones individualistas y hedonistas. Esas actitudes se manifiestan algunos movimientos que le precedieron. Ni aquel, ni ninguno de estos últimos han tenido un claro proyecto de sociedad. Desde esa época, e impulsado por las redes sociales, en importantes franjas de la juventud ha sido ostensible su inconformidad/crítica a la familia, a darle hijos a un sistema que aborrecen, muchos tienen una idea del sexo sin límite alguno, incluso a su no práctica; y no confían en los políticos.
El mundo de hoy no es peor o mejor que el pasado. Es otro, que no puede reconstruirse como el que fue una vez, sino entendiendo y procesando las realidades que lo configuran. ¿Cómo cambiarlo? Nadie lo sabe. Pero tendrá que hacerse erradicando los principales lastres que lo han situado donde está y que no podrá ser el que propone la internacional ultraderechista, sino uno plural y diverso. Asumiendo como divisa que “la libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor», como con su sin igual clarividencia dijera una vez el escritor Albert Camus.

