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    Ignacio María González protegió a los árabes en Haití


    Ignacio María González protegió a los árabes en Haití

    Por Pastor Vásquez Frías

    El ocho de noviembre de 1899 llega a Puerto Príncipe el general Ignacio María González Santín, otrora presidente de la República en tres ocasiones, ahora revestido de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante la República de Haití.

    El general González Santín había sido designado el 13 de octubre, por el presidente provisional Horacio Vásquez, quien asumió el poder tras la caída del antiguo régimen del presidente Ulises Heureaux, acribillado el 26 de julio de ese año.

    Ataviado de un uniforme militar de gala, guerrera azul oscuro, con bordados en oro, espada de puño dorado, su eterno revólver de cacha blanca siempre al cinto y zapatos de charol negro, estilo Oxford, llegó en el vapor “Francés”, que atracó en la rada de Puerto Príncipe.

    Con aire marcial, el general González Santín, seguido de su hijo José María González Roselló, quien había sido designado cónsul general, se dirigió a la sede de la Legación, ubicada en la 173, Grand Rue, hoy avenida Jean Jacques Dessalines.

    Al otro día fue recibido primero por el ministro de Relaciones Exteriores Brutus Saint. Victor, y luego por el presidente de Haití, general Tirésias Simon Sam.

    Hombre de finos modales, amante de la lectura y la música, patriota a toda prueba y defensor de los dominicanos, el enviado dominicano tenía buenas relaciones en Haití, desde los días en que, siendo presidente de la República (1874-1876), logró el primer Tratado de Paz, Comercio, Navegación y Extradición con el presidente haitiano Michel Domingue, quien fue el primer jefe de Estado de ese país que visitó la República Dominicana en son de paz.

    Además, el general tenía una gran experiencia diplomática, pues el primero de octubre de 1889 había sido designado por el presidente Heureaux como ministro de Relaciones Exteriores, permaneciendo en el cargo hasta el 9 de febrero de 1893, cuando huyó del país y lanzó una proclama contra el régimen.

    Pues bien, resulta que en 1889 un barco con sirios y libaneses llegó a las costas de Cabo Haitiano, huyendo de una persecución del sultán Abdul Hamid II, del Imperio Otomano, que tenía ocupado los territorios de Siria y El Líbano.

    Luego llegaron más barcos de inmigrantes sirios y libaneses, que buscaban tierras no prometidas en América. Haití se llenó rápidamente de estos extraños inmigrantes, que a principios fueron tolerados por el presidente Simon Sam.

    En mayo de 1902 cae el gobierno de Simon Sam y, tras una cruenta guerra civil que se extendió hasta diciembre, asume el mando el viejo general Nord Alexis, quien desataría una persecución tenaz contra los sirios y libaneses.

    Todo comenzó por una serie de protestas de los comerciantes haitianos, que se sentían desplazados por los árabes, debido a que éstos comenzaron a controlar el negocio de las telas, recorriendo el país para exponer a bajos costos ropas importadas. En la época los haitianos no solían desplazarse de una común a otra, pues prevalecía en la psiquis y en la práctica autoritaria de los gobernantes el Código Rural de 1825, que prohibía la migración interna.

    En octubre de 1893, durante el gobierno del general Florvil Hyppolite, el Consejo de Secretarios de Estado había votado una resolución para excluir a los sirios del territorio nacional, pero esa disposición nunca se cumplió y para 1903 ya habían alrededor de 22,000 sirios y libaneses en el país, según Roger Gaillard, en su obra Le Grand Fauve.

    Tras un motín de los comerciantes haitianos, que obligó la intervención del presidente Alexis, el Parlamento votó una ley, el 13 de agosto de 1903, que prohibía la inmigración de sirios y se le retiraba el permiso de convertirse en ciudadanos haitianos. También se le prohibía ejercer el comercio y viajar al interior del país para exponer sus mercancías.

    Valiente y astuto, el general González Santín entró en acción y comenzó a otorgarles pasaportes a esos ciudadanos para protegerlos de la persecución. El gobierno haitiano protestó la acción del enviado dominicano, pero el diplomático dominicano no se dejó intimidar.

    La situación se agudizó en marzo de 1905 cuando el gobierno haitiano cerró los últimos comercios de los sirios, en los cuales ondeaba la bandera dominicana. El ministro dominicano protestó ante el gobierno haitiano.

    El ministro de Relaciones Exteriores de la República, Juan Francisco Sánchez, envió una protesta a las autoridades haitianas, alegando que esos comerciantes ya eran ciudadanos dominicanos y debían respetarlos.

    Durante todo el tiempo que duró el conflicto, el general González mantuvo la legación dominicana abierta para dar refugio a los árabes que eran perseguido, muchas veces a pedradas.

    Ante el acaso a que fueron sometidos, muchos sirios y libaneses decidieron cruzar la frontera para radicarse en la República Dominicana, donde se dedicaron tranquilamente al comercio y con el tiempo echaron fructíferas raíces que han ayudado al progreso de la sociedad dominicana.

    Ambas organizaciones mencionaron que la iniciativa responde a la estrecha relación histórica que mantienen las Grandes Ligas con Venezuela.



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