El polvo del Sahara, que cada año recorre miles de kilómetros hasta llegar al Caribe y América Latina, puede provocar efectos en la salud que van más allá de la simple molestia ambiental.
Entre los más frecuentes se encuentran la irritación en los ojos, que se manifiesta con enrojecimiento, lagrimeo y sensación de ardor; las dificultades respiratorias, como tos seca, falta de aire o empeoramiento en personas con asma y alergias;
la sequedad en la piel, que puede causar picazón y descamación; los dolores de cabeza, asociados a la inhalación de partículas y cambios en la calidad del aire; y la fatiga generalizada, producto de la disminución de oxígeno y el impacto en el sistema respiratorio.
El fenómeno, que se intensifica durante los meses de verano, también afecta la visibilidad y la calidad del aire, lo que incrementa el riesgo para personas vulnerables como niños, adultos mayores y pacientes con enfermedades crónicas.
Las autoridades sanitarias recomiendan mantenerse en interiores durante los días de mayor concentración, usar mascarillas en exteriores, hidratarse con frecuencia y proteger los ojos con gafas.

