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    Castillos en el aire


    Nadie en su sano juicio, esencialmente si posee valores democráticos, se resiste al disenso riguroso. Por años, la propensión a confundir obstrucción con disparidad de criterios desnaturalizó modalidades constructivas que fortalecen la diversidad de pensamiento. Y el timbre estridente y desbordado ha sido la bandera discursiva de nuevos actores políticos, colocando la irracionalidad como sello distintivo de actores sin rigurosidad, pero decididos a capitalizar la rabia ciudadana.

    Ya las calles como eje del reclamo pasaron a un segundo plano. Ahora, las redes sociales sirven de trampolín a mesías seducidos por los «likes», amparados en la incorrecta valoración de que los seguidores digitales se transforman en votantes. Así pretenden desplazar a referentes políticos, altamente desacreditados por sus inconductas. La operación de salir de los impugnados es correcta y de méritos fuera de discusión. Ahora bien, esos anhelos por lo nuevo podrían terminar en profunda frustración en la medida que los llamados a representar la sustitución no poseen la condiciones y rigurosidad indispensable.

    Las tareas públicas poseen una carga de responsabilidad que trasciende lo estrictamente emocional. Por eso, la cura resultaría peor que la enfermedad. Aunque en buena justicia, la altísima dosis de molestia con la clase política exhibe sobradas razones expresadas en niveles de abstención que sirven de estímulo para la aventura aspiracional.

    Lo que resulta de difícil ejecución es el cálculo ligero de creer de fácil implementación fenómenos desarrollados en otras latitudes. Cada país posee su carga singular y actores públicos no equiparables a la realidad social. De ahí, una errática interpretación capaz de empujarnos hacia abismos catastróficos.

    Con múltiples razones, la dosis de incredulidad habilita propuestas parecidas a los castillos en el aire. Ahora bien, las causas que motivan su existencia están relacionadas con años de olvido, indiferencia y frustración. Es cierto que las aventuras colocadas en la cresta del rechazo puro y simple no conducen al destino correcto, pero sirven de martillazo y fuente de reflexión y enmienda, capaz de orientar el rumbo perdido y devolver la fe mancillada.

    No será la respuesta acertada. Ahora bien, debemos leer con inteligencia sus claras intenciones de un reemplazo desprovisto de profundidad e inspirado en la emoción y penetración digital.

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