En la política, pocas cosas resultan más dañinas que la incoherencia. Pero cuando esa incoherencia viene acompañada de un discurso calculado para victimizarse, entonces ya no estamos ante simples contradicciones, sino ante un ejercicio claro de hipocresía. Eso es exactamente lo que hoy parece encarnar Omar Fernández dentro de la Fuerza del Pueblo.
Su ascenso político no fue fruto de una construcción orgánica dentro del partido. No fue un dirigente que creció desde las bases ni que acumuló años de militancia al lado del liderazgo histórico. Muy por el contrario, fue colocado estratégicamente por su padre, Leonel Fernández, quien no solo lo introdujo en la política, sino que desplazó a figuras con décadas de trabajo para abrirle paso primero como diputado y luego como senador.
Ese movimiento, que muchos dentro del partido aceptaron en silencio por disciplina o lealtad, hoy comienza a pasar factura. Porque quien fue beneficiado por esa estructura, hoy actúa como si estuviera por encima de ella.
Las declaraciones recientes de Omar no son un simple desliz. Son una línea política, su línea política. Agradecer públicamente la salida de dirigentes del partido, pedir explicaciones del por qué estar saliendo, contestar ahí mismo que es porque no los dejan ocupar espacios, para luego sugerir que la organización debe realiza una “introspección” por las fugas; y encima respaldar decisiones del gobierno de Luis Abinader (en abierta contradicción con la postura de su propio partido y el planteamiento de su propio padre), no es casualidad. Es un llamado a la guerra.
Pero lo más revelador no es lo que dice, sino lo que después hace. Tras emitir esas declaraciones que claramente eluden a divisiones internas, sale ante la opinión pública a afirmar que son terceros quienes intentan crear una ruptura entre él y su padre (risas); una narrativa que no solo es conveniente, sino profundamente contradictoria.
Porque la crisis no la están inventando desde fuera, la está creando él.
El conflicto de Omar con los cuadros internos del partido, han llegado hasta el vicepresidente del partido Radhamés Jiménez, quien es la representación pura del leonelismo, lo que evidencia que no se trata de percepciones, sino de tensiones reales.
Incluso el episodio del mensaje publicado y luego borrado que este hizo en redes sociales deja claro que la inconformidad existe, aunque luego se intente maquillar.
A esto se suma el rol detras del senador que están juntando figuras como Félix Bautista, Víctor Díaz Rúa y Nicolás calderón, que en un momento pasado fueron figuras claves en el entorno de Leonel (y han sido apartados) que ahora aparece alineada con Omar, en medio de una evidente lucha de poder por dividir las fuerzas internas del partido. Todo esto ocurre mientras, comunicadores que también dicen apoyar al “Simba” han difundido la información sobre la salud del líder histórico, generando un vacío que distintos sectores parecen querer ocupar.
En ese contexto, la actitud de Omar resulta aún más cuestionable. Lejos de desmentir o apoyar con fundamento la razón de los viajes de su padre, hace mutis para generar aún más temor. Y lo que más molesta a la estructura fuerza pueblista, es que no se trata de un dirigente externo que critica para mejorar, sino de alguien que ha sido beneficiado como ningún otro por la estructura que ahora debilita.
La verdadera pregunta no es si hay sectores interesados en dividir a padre e hijo. La pregunta es si, con sus acciones, Omar Fernández ya está jugando ese papel.
Y si es así, entonces su discurso de unidad no es más que una estrategia para encubrir una ambición que, lejos de fortalecer a la Fuerza del Pueblo, amenaza con fracturarla desde su propio núcleo.
¿Vale la pena el poder si, en el camino, se pierde el respeto de quien te lo hizo posible?
Me gustaría entonces preguntarle al joven Omar Leonel Fernández Domínguez: si hoy su padre faltara, ¿mañana podría defender con orgullo la actitud que hoy está mostrando?

