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    La cultura del abuso social


    En la República Dominicana, caminar por las calles conlleva un riesgo constante: el de ser juzgada, evaluada y acosada por desconocidos. Hemos normalizado una dinámica perversa donde el «piropo», el silbido o el bocinazo desde un vehículo no se interpretan como lo que realmente son —una forma de acoso callejero—, es como una supuesta «galantería» propia de nuestra idiosincrasia.

    Esta estructura de poder limita el derecho de la mujer a transitar con libertad. Es preciso admitir que hemos normalizado estas conductas durante demasiado tiempo y necesitamos cambiar esta realidad de manera inmediata.

    La justificación más frecuente es la culpabilización de la víctima, sugiriendo que la vestimenta o la actitud son un permiso para la intrusión. Es imperativo entender que el acoso no depende del atuendo; más bien, de la falta de respeto del agresor hacia la autonomía del otro.

    Esta cultura se extiende al ámbito de servicios, donde se reduce a la mujer a apelativos como «chula», «rubia», «mami» o «flaca», una falta de profesionalismo que despoja a la mujer de su dignidad.

    A esto se suma la alarmante tendencia de la hipersexualización infantil. Es inaceptable observar cómo adultos exponen a menores en plataformas digitales mediante vestimentas inapropiadas o bailes sugerentes, buscando viralidad. Al convertir a una menor en un objeto de consumo visual, las familias vulneran sus derechos y maleducan a la sociedad, enseñando que el valor reside en atraer miradas. Compartir estos videos contribuye a una cadena de depredación digital que debemos detener urgentemente.

    El cambio profundo requiere que los hombres asuman un papel activo. El cambio profundo requiere que los hombres asuman un papel activo y valiente. Es urgente hablar de la presión social que sufren muchos jóvenes, quienes, a menudo por falta de una formación sólida en el hogar o por una autoestima en desarrollo, terminan cediendo ante la necesidad de validación externa.

    Existe una tendencia tóxica donde a aquel hombre que decide respetar y no acosar se le etiqueta despectivamente como ‘palomo’, convirtiendo la decencia en un blanco de burlas. Muchos jóvenes, aun sintiendo dudas o incomodidad ante estas conductas, se ven arrastrados a participar en ellas solo para encajar.

    Debemos romper con este ciclo, dejando de validar al acosador como un ‘conquistador’ y elevando la figura de quienes comprenden que el respeto es la norma básica de convivencia. Ese estándar de integridad es el que, sin duda alguna, debe prevalecer en nuestra sociedad. Aunque la ley protege a la mujer, el acoso callejero sigue siendo una zona gris que requiere mayor vigilancia. La educación es el único camino sostenible.

    Debemos educar a los hombres en el respeto a la autonomía ajena y a la sociedad para dejar de justificar el abuso bajo la etiqueta de «cultura». Solo reconociendo que el acoso y la sexualización infantil son formas de violencia, podremos aspirar a una convivencia sana.

    Ceada con IA Gemini

    Dr. Manuel A. Castillo Rodríguez



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