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    Un cerebro para resolver problemas


    El cerebro alcanza su madurez después de los veinticinco años. En la adolescencia madura más rápido el área límbica donde se encuentran las emociones. Pero le corresponde a la corteza prefrontal madurar para servir de protección al ser humano en la toma de decisiones frente a la vida, a las circunstancias, incertidumbres y las adversidades.

    Los comportamientos sociales y actitudes personales de alto riesgo, de conflictividad psicosocial, por su alta recurrencia, predicen o reflejan de la inmadurez de un cerebro de pobre flexibilidad cognitiva para resolver problemas.

    Podemos presentar cientos de ejemplos cotidianos donde quedan registrados a través de los homicidios, violencia social, intrafamiliar y de pareja que pudieron resolverse con un cerebro sano, con regulación emocional, flexible y que pudiera aprender a discriminar, poner límite, medir proporcionalidad, ponderar riesgos y consecuencia para proteger la vida y la de otras personas.

    Un país donde los ciudadanos pierden la vida por un roce o choque vial, por un parqueo, por una fila, por una confrontación o discusión política, relación afectiva, amorosa, de negocio o desacuerdo en una familia, manda la señal de cerebros que no ayudan a resolver problemas.

    Un cerebro dañado, disfuncional, psicorrígido y vertical que, no sabe ni aprende a resolver problemas, termina adoptando sistema de creencias distorsionadas y límites donde se personalizan las diferencias, se tiene neblinas mentales, sesgo cognitivo, intolerancia y desregulación emocional. Es decir, es un cerebro que va perdiendo habilidades, destreza y enfoque para resolver problemas cotidianos, a veces triviales, debido a que el cerebro está muy estresado, hiperactivo, “quemado” “cargado”, “pesado” o condicionado por actitudes emocionales negativas: ira, rabia, enojo, remordimiento, resentimiento, culpa, odio, etc.

    Pero también pueden aparecer sentimiento de sentirse insuficiente, de culpa, de ingratitudes invisibles y de sensibilidad desproporcionada a la conflictividad social.

    El cerebro que resuelve problemas es un cerebro preventivo, regulado y educado emocionalmente que se toma tiempo, que hace silencio, pausa, que respira y se calma para ser reflexivo y analítico en administrar el enojo, los traumas, los conflictos, las adversidades, las frustraciones y las decepciones de la vida.

    Un cerebro que resuelve problemas está enfocado a gerenciar la conflictividad, lo hace a través de la empatía cognitiva, emocional y social. Además, aprende de los límites y las actitudes emocionales positivas: autocompasión, misericordia, bondad, altruismo, reciprocidad, solidaridad, etc. El silencio, el distanciamiento positivo y las pausas inteligentes permiten la reflexión, las otras miradas, el territorio, las motivaciones y necesidades que sirvieron de detonantes emocionales.

    Los homicidios, feminicidios, la violencia vial y otras tantas expresiones de agresiones y la conflictividad social son las que predicen la normalización de la violencia y del cerebro estresado y precondicionado a usar la violencia antes que otras soluciones practicas para resolver los conflictos a través del diálogo, los buenos tratos o valorando los riegos y las consecuencias.

    Retrato

    El cerebro, para resolver problemas, tiene un aprendizaje condicionado y reforzado que le dice: “Los conflictos tienen soluciones”, las dificultades se le busca la vuelta”, “lo que no puedo controlar, lo dejo ir”, “nadie tiene el control y la certeza de que no va a vivir incertidumbre”, “es mejor evitar y prevenir que ser lastimado”.

    Las personas con un cerebro inteligente y reflexivo aprenden a salir bien cuando a otros les va mal.



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