En el próximo agosto se cumplirán tres años de haber publicado en esta misma columna, un artículo que titulé: “Ruidos peligrosos”, partiendo de la idea de cómo la repetición de conceptos, ejemplos, tienen repercusiones sobre la conducta humana y, habiendo leído las propuestas del amigo Miguel Franjul, director del Listín Diario, retomo parte de las nociones emitidas para reforzar la idea de “cómo este afecta la salud y estabilidad emocional de las personas”.
Nuestras ciudades más pobladas se han tornado territorio hostil que atenta contra la salud física y emocional de las personas, el entorno se vuelve espacio agresivo que nos golpea de manera inmisericorde. Años atrás, cuando el ruido de la ciudad se volvía insoportable, la solución era sencilla: escapar. Bastaba con retirarse a un pueblo, río, playa o compartir unos días con seres queridos en la tranquilidad del campo, la montaña, lejos del bullicio. Lamentablemente, ese refugio quedó en el pasado, pues una gran parte de la población ha decidido de manera irresponsable, atentar contra su propia tranquilidad, destruyendo la paz del silencio, agrediendo nuestros oídos.
Cualquier holgazán, desconsiderado, irrespetuoso, le altera su paz, despertándole en las madrugadas con su vehículo con varias bocinas de alta capacidad: “Estoy en chercha, en tragos” y el vecindario entero debe saberlo”.
Vecinos abusadores que no respetan ni tienen la mínima consideración por aquellos con quienes comparten sector.
En muchos lugares los “colmadones” no respetan a nadie, colocan música alta y usted parece que no importa. El “Teteo”, calibración de motores, vehículos sin muffler, el tránsito de vehículos, aviones, guagüitas vendedoras y los relacionados a la actividad industrial: taladros, herramientas eléctricas, sierras, prensas, martillos, perforadoras, trabajos de construcciones que no respetan horarios.
El ruido es un fenómeno físico indeseable, molesto. La OMS confirma que si este supera los 70 decibeles durante un período prolongado puede producir daños graves al oído por lo general irreversibles, además, produce detrimentos importantes en el rendimiento escolar, laboral, en su calidad de vida. No debemos olvidar que, además de la salud mental (estrés, trastornos depresivos), el ruido puede provocar trastornos cardiovasculares, alteraciones del sueño, daños al sistema nervioso.
Todo lo relativo al ruido no es nuevo, ciertamente el problema ha ido en aumento tanto en variedad como en intensidad. En el año 44 a.C., Julio César emitió una ley que prohibía la circulación nocturna de transportes ruidosos por las calles de Roma, después de las quejas de los vecinos sobre no poder dormir. Incluso en el viejo testamento se encuentran quejas por las molestias que causaba en Israel el martillo de las piedras de moler.
Pero, amigo lector, estas referencias no nos pueden llevar a la inanición, siempre es posible buscar soluciones para mejorar. La creatividad humana siempre será capaz de encontrar salidas a dificultades que sean apropiadas, beneficiosas para la mayoría de la población, la historia así lo demuestra. Hacer conciencia de cómo el ruido afecta nuestras vidas y la calidad de esta, es desde ya un inicio.
Es fundamental implementar una campaña nacional obligatoria contra la contaminación acústica y sus efectos nocivos. Para garantizar el bienestar colectivo, se requiere la creación, aplicación estricta de leyes y reglamentos específicos. En este esfuerzo, los medios de comunicación juegan un rol clave en la sensibilización ciudadana. Asimismo, escuelas, universidades, organismos de tránsito, ministerios de Medio Ambiente y de Salud Pública deben coordinar acciones para concientizar a la población sobre el grave impacto del ruido en la salud física y mental.
¡No podemos seguir viviendo agobiados por el ruido!

