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    El lastre del resentimiento en la política actual


    No hace falta ser psiquiatra ni psicólogo para comprender lo destructivo que resulta mantener vivo un resentimiento. Lo más sano, tanto en lo personal como en lo colectivo, es superarlo.

    Algo similar ocurre en la política dominicana actual: se ha convertido en un manojo de rencores personales que poco o nada tienen que ver con las necesidades reales de la población.

    He observado a la oposición atrapada en dos obsesiones: el reconocimiento y el agradecimiento. ¿Vamos a quedarnos estancados en el debate sobre cuál gobierno fue mejor —el de 2004-2012 o el de 2012-2020— o en ignorar uno de esos períodos como si nunca hubiera existido? Lo mismo sucede con el agradecimiento: si fuiste funcionario en uno de esos dos gobiernos, parece que debes una especie de lealtad carente de razonamiento alguno.

    Son temas completamente absurdos y penosos, sobre todo en el contexto actual. Estamos viviendo el peor gobierno de los últimos 50 años, un régimen institucionalmente irresponsable, insensible, extremadamente populista e ilógicamente endeudado. No hay circulante en la calle, se cometen crímenes de lesa humanidad —como el caso SENASA—, la canasta básica está por las nubes y todo se ha encarecido. Ante esta realidad, ¿la oposición va a dedicarse a mirar el pasado?

    NADIE, en política, gana unas elecciones ni gobierna solo. El agradecimiento es una calle de doble vía: se empuja una figura, se trabaja en equipo hasta el cansancio y se llega a la meta de gobernar el país. Luego, las personas que te ayudan a gobernar son clave. Para que exista una verdadera obra de gobierno se necesita una o un líder con disciplina, visión y un PLAN DE GOBIERNO que no se quede en palabras, pero también un gabinete que ejecute y que lo haga bien. Este ridículo dilema —a estas alturas, entre reconocimiento y agradecimiento— hay que superarlo ya.

    Creada con Gemini

    VIRGILIO MALAGÓN ALVAREZ

    Lo más penoso: militantes que no entienden la misión del político

    Pero hay algo aún más grave y penoso: una gran parte de los militantes partidarios no tiene la menor idea de cuál es la verdadera misión de una o un político. Creen que la política es una extensión de sus afectos personales, una guerra entre bandos donde lo importante es «ganarle al otro» aunque el país se desangre.

    Confunden la lealtad con la sumisión, el agradecimiento con el clientelismo, y el reconocimiento con la exclusión. Una o un militante así no es un ciudadano comprometido: es un fanático que ha convertido su simpatía política en una identidad emocional irracional.

    La misión de un político —y de todo aquel que participa en la vida pública— debe estar por encima de los sentimientos particulares. No se trata de complacer a un líder, ni de mantener vivo el rencor hacia el adversario de turno. Se trata de resolver problemas colectivos, de servir a la mayoría, de construir soluciones donde hoy solo hay quejas estériles.

    Siempre recuerdo a Nelson Mandela, que no solo tuvo que sufrir en carne propia todo tipo de violencia, discriminación y cautiverio, sino que además logró imponer la nobleza en su accionar porque estaba consciente de que incrementar el odio y la división no era la vía correcta. Por eso gobernó con una visión sanadora y unificadora. Decía: «El resentimiento es como beber veneno y esperar que muera el otro». También: «Perdonar no es olvidar, es liberar la mente del pasado para construir el futuro.»

    Hoy, los hombres y mujeres buenos que militan en partidos políticos parecen haber olvidado que su deber no es aplaudir o atacar por consigna, sino exigir, proponer y ejecutar soluciones.

    Juan Domingo Perón solía decir: «La política no es para los resentidos, porque el resentimiento nubla la razón y convierte la militancia en venganza.»

    Y el gran pensador francés Albert Camus escribió: «El resentimiento es el placer de los espíritus mezquinos. La grandeza está en la acción que construye, no en la queja que destruye.”

    Un llamado a salir del rencor

    De aquí a 2028, los invito a identificar en los medios a quienes se encargarán de alimentar constantemente esos sentimientos rencorosos que no sirven para nada. Lamentablemente, dentro de los propios partidos también hay agitadores con esa misión.

    Necesitamos personas con fortalezas espirituales, con pragmatismo, que no caigan en provocaciones estériles y se enfoquen en las necesidades del país. La realidad es que el costo de la política y la violencia económica tiene subyugados a muchos: influencers, militantes y comunicadores. No es fácil sobrevivir en este sistema, sobre todo en una época donde exhibir vidas ficticias en redes sociales se ha convertido, para una buena parte de la población, en algo importante.

    Salvador Allende nos dejó esta reflexión: «La política no es un ejercicio de odios. Es la ciencia del bien común, y quien la ejerce debe estar por encima de sus pasiones.”

    Reflexión final para la familia boschista

    Ya es tiempo de que la familia boschista entienda dos cosas. La primera: sus obras de gobierno pudieron existir porque colaboraron entre sí. Tienen mucho que exhibir en la construcción de este país y en la organización del Estado, pero como todo, siempre habrá algo que faltó o que pudo hacerse mejor.

    La segunda: la militancia sigue a quien entiende que es la vía correcta para ganar las elecciones. Así que, nos guste o no, las juramentaciones de un lado y del otro seguirán.

    Pero el foco debe seguir siendo el bien común del país. Por eso, les invito a soltar resentimientos y abrazar una causa más noble que incluya el bienestar de la ciudadanía.



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