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    Planeta en estado de gravedad


    La Tierra, como integrante del sistema solar, ha mantenido sus movimientos de rotación y de traslación de forma casi exacta y de modo ininterrumpido durante millones de años. La aparición relativamente reciente del Homo sapiens sobre la superficie terrestre, con su dominio sobre las demás especies animales, es digna de destacar. Surgido de la cueva africana, el hombre neandertal —tal cual lo describiría Platón en el mito de la caverna— ha evolucionado hasta convertirse en la fiera indomable que hoy amenaza con extinguir a las demás especies y a miles de millones de sus congéneres.

    ¡El desarrollo del arte y de la ciencia, a una velocidad e inmensidad asombrosas, llenó de orgullo y de sana esperanza a la madre naturaleza! ¡Oh, sorpresa! El evolucionado primate ha devenido en indomable fiera, que, en su afán de dominio, se ha convertido en el nuevo Frankenstein moderno. El desarrollo industrial ha conseguido, en solamente un siglo, extraer enormes cantidades de recursos fósiles, cuyo consumo desenfrenado está contribuyendo al calentamiento global con sus inmediatas consecuencias catastróficas. Nuevas especies microbianas, hijas de las mutaciones naturales y sintéticas, se convierten en armas biológicas que, transformadas en pandemias, amenazan la existencia animal. La pesca indiscriminada está rompiendo el equilibrio marino, que tanto tiempo consumió para crear un ambiente propicio para la vigencia del colectivo que va desde algas, corales y peces hasta las ballenas, hoy en peligro de extinción. El afán de lucro y de dominio ha llevado a los humanos a talar los montes y a excavar montañas para extraer oro, plata, bauxita y, ahora, las tierras raras, tan necesarias para los potentes microprocesadores. El hombre polarizado se ha manifestado en las grandes potencias, que se reparten entre sí la superficie terrestre, sus aguas y el aire, convirtiendo a muchas razas y especies en un conglomerado moderno de esclavos indolentes y serviles, que hoy se entretienen y se embrutecen bajo la magia del algoritmo complaciente. Las definiciones y los valores humanos han cambiado. El hambre y la glotonería son síntomas de ansiedad, en tanto que la pereza y la obesidad mórbida son señales de depresión; ambas categorías encuentran respuestas farmacológicas. El planeta Tierra está enfermo y se agrava a una velocidad que asusta al observador. Aún estamos a tiempo para salvarlo y, por defecto, salvarnos a nosotros mismos. Pensando en las venideras generaciones que habrán de sustituirnos, debemos actuar con sano juicio y mucha compasión por la vida del colectivo. Pensando y actuando en singular, sin prever los daños colaterales que causamos al clan familiar, comunal, nacional, internacional y mundial, nos dirigimos a la autodestrucción planetaria. Un simple desequilibrio coyuntural en el golfo Pérsico sacude a grandes núcleos poblacionales de Oriente y de Occidente. Una partícula viral tan pequeña como la del ébola siembra el pánico en Europa, así como en el lado occidental del Atlántico. Somos más de ocho mil millones de seres humanos los que habitamos la Tierra. Si ella se inunda, sufre una sequía, se sacude en un terremoto o es soplada por huracanes, entonces, de una u otra forma, nos afecta a todos. La gravedad del planeta es enfermedad de todos.

    ¡Salvemos al planeta de la hecatombe! Aún estamos a tiempo.

    Paz mundial



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